63. Nómadas y sedentarios

NÓMADAS Y SEDENTARIOS
(EL PALIMPSESTO DE LAS TRAVESÍAS)

 Muchos son los textos y las imágenes que se han dedicado a la idea, a los sentimientos y a la filosofía que el viaje, como forma de vida, ha engendrado y engendra intemporalmente. Hubo y hay muchas posibilidades: el viaje clásico,   el viaje interior, el viaje árabe, el viaje del amor, el viaje judío, el viaje europeo, el viaje de los exilios, el viaje a América, el viaje alucinatorio, el viaje a oriente, el viaje de los negocios, el viaje africano, el viaje iniciático, el viaje de las guerras, el viaje de la creación estética.

Muchos son pues los viajes del viajero, el viajero no es gran viajero porque el viaje dure más o menos tiempo o resida mucho o poco tiempo  en una ciudad lejana,  lo es por la intensidad y el sentimiento (profundo, creativo y evolutivo) con que vive las experiencias y las culturas que surgen en su camino. Lo es por su apertura de mente, su ausencia de prejuicios y su gran sensibilidad para entender al “otro”, que tiene enfrente. En el gran viajero siempre hay trascendencia, porque sentirse viajero es un estado interior. Y el turista es simplemente todo lo contrario.

Este breve texto dedicado a los viajes es un palimpsesto, un palimpsesto es un manuscrito que conserva huellas de un manuscrito anterior, en pintura se llama pentimento, porque también en el alma, incluso para los no nostálgicos, los recuerdos siempre se superponen a los recuerdos. Ahora, cuando el tiempo ha pasado, desde aquel niño de siete años que ya coleccionaba feos programas de viajes en blanco y negro y los guardaba ritualmente en una caja debajo de su cama,  ahora, cuando todo es aparentemente un poco más sereno, me da la impresión de que no añoro todo lo que debiera aquel increíble mundo de gran viajero, aquel discurrir entre travesías y travesías, entre viajes y viajes, entre estancias en ciudades cercanas y ciudades lejanas, entre maravillas y más maravillas.

No es que haya olvidado, es imposible, momentos como, entre otros, aquel despertar en un mugriento autobús camino de Katmandú, escuchando a Maria Callas y viendo, con un solo ojo recién abierto,  toda la inmensa cadena de los Himalayas en tonos rosas; o como aquella primera mañana, con un año por delante, en que, desde la rue Bonaparte, contemplé extasiado el Sena y el Louvre; o como aquella surrealista noche en la pirámide de Keops cuando, esperando el gran amanecer, nos atacaron unos perros semisalvajes y tuvimos que dedicarnos a correr alrededor de ella; o como aquellas veladas, cálidas e  interminables, con los amigos romanos junto al Cementerio Inglés; o como aquella noche filipina, tras un tifón, cuando en una endeble bangka sobre el mar llegamos al esplendor esmeralda de la isla de Boracay; o como tantos paseos con los ojos entrecerrados de placer en los vaporettos del Gran Canal; o como cuando escuchaba a las bandas de jazz en el ferry a Staten Island mientras el sur de Manhattan se alejaba y se hacía cine; o como aquellos inolvidables años marroquíes en Oujda, envueltos en la voz embriagadora de Oum Koultoum y perfumados de amor, comino, amistad  y canela; o como cuando medio desmayado tuvieron que acostarme un rato en la algo apestosa cabaña del jefe en mi primera visita a un poblado dogón; o como el amanecer  que comiendo uva me senté solo y trascendente a la espera de que abrieran la neblinosa Puerta de los Leones de la antigua Micenas, fue como volver a casa; o como los ratos libres por las terrosas calles de Dakar, en que me acerqué a un conocimiento directo y amoroso  del arte ritual africano; o como los siempre repetidos paseos en barca por el Ganges, escuchando a Ravi Shankar, con un Benarés recortado en el atardecer, mientras se iban por  el río sagrado las  hojas vegetales, conteniendo lamparillas encendidas y  papelitos  doblados con nuestros deseos, etc, etc, etc…
Los recuerdos se superponen a los recuerdos y es imposible referirlos todos, además, creo,  que los más divertidos son siempre los más incontables.

Así que, a estas alturas, no nos engañemos, no es obligatorio el viajar, ni mucho menos, uno solo debe hacerlo si esa opción sale del corazón, el viajar por obligación es un invento consumista, lo importante en la vida no es ser nómada o ser sedentario, lo importante es intentar ser feliz e intentar estar en paz lo mas posible, porque les confieso que uno de los muchos secretos del gran viajero es las elevadas dosis que de insatisfacción tiene.
Al final, uno debe procurar, sobre todo, fomentar, hacer, sentir y creer que las playas más alucinantes, que los seres mas fascinantes, que las líneas de belleza más exquisita, que la mesa gourmet más apetecible, que los instantes más espirituales, que los atardeceres más soñados, que el colchón más erótico, estén justo en la calle en que vivimos  y no mucho más allá, no en otro sitio. Lo fundamental  es que el mundo entero esté en nuestro interior, no en internet,  y que lo vivamos conscientemente así,  en un viaje emocionante  al fin de la noche.  

Luis Artés

Posted by Miguel Martínez